Podemos suponer que fue infeliz para toda la vida.
Que encontró las tareas necesarias, las distracciones
las excusas para contestarle a la gente, las maneras
de disimular al encontrarse, las distintas máscaras
que colocarse cada día y para cada supervivencia.
Podemos suponer que nunca jamás volvió a ser feliz.
Que hizo todo lo posible, o casi. No pudo querer
olvidar.
Podemos suponer, que detrás de cada sueño
cada vez que hizo la cama, cada vez que escuchó
la canción, el nombre de su madre, su cuñada
escondía a su amante antigua, a su más lejana
correspondencia, al recuerdo de su vientre
contraído, su dedo entornando la puerta y su pelo
combatiéndolo todo, acercándose a ella.
Podemos suponer que hace todo lo posible
para seguir su vida y logra simularla exquisitamente.
Podemos suponer, porque al preguntarle, el brillo
innecesario de sus ojos ya no se esfuerza en guardar el
secreto
y esboza un profundo orgullo de esfuerzo irreversible.
De dolorosa presencia.
De eterno amor.